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«Hay la misma diferencia entre un sabio y un ignorante, que entre un hombre vivo y un cadáver.»

Aristóteles. Hace unos cuantos años tuve la oportunidad de entrevistar a un maestro budista tibetano. Preparando mi encuentro con el lama Ly Kaoptse, se agolpaban sobre mi cabeza decenas de preguntas sobre su doctrina, filosofía, ejercicios de meditación, etc., pero por encima de todas ellas me interesaba la opinión de aquel religioso con respecto a una cuestión: cuál era la fuerza del conocimiento.

Recuerdo que, teniendo al lama frente a mí, le formulé la pregunta y él asintió esbozando una sonrisa plácida y me dijo: «Hace muchos años un joven vino a verme. Quería que yo, como maestro, le explicase cómo podía conocerse a sí mismo para ser mejor persona y triunfar en la vida. En ese momento le invité a hacer una reflexión y le dije: “Dime joven, ¿qué es para ti más importante, la ignorancia o el desconocimiento?”».

El maestro tibetano me contó que el joven de su historia lo miró con cara de desconcierto y tras unos segundos de silencio, le dijo: «la verdad, maestro, es que ni lo sé ni me importa, porque lo que yo busco realmente es el conocimiento».

Aquella respuesta fue más que suficiente para el maestro, ya que, como me contó, hay quien prefiere vivir en la ignorancia y perpetuarse en el desinterés antes que esforzarse, siquiera un poco, en conocerse mejor.

Hablando con aquel buen hombre, tuve la ocasión de certificar que en una tradición religiosa tan antigua como la suya, lo realmente trascendente no es el aprendizaje o el estudio reiterativo de ciertas nociones o verdades, sino la capacidad que hay en el interior de cada uno de nosotros por descubrir qué y quiénes somos.

En teoría, todos podemos establecer una definición sobre nosotros mismos que será más o menos certera y que siempre estará sujeta a numerosos condicionantes, sin lugar a dudas mediatizados por nuestra subjetividad, que harán que cuando digamos quiénes somos se queden muchas cosas en el tintero.

Tenemos estudios, alcanzamos títulos universitarios, licenciaturas unos, doctorados otros, pero ¿qué sabemos, qué somos, para qué nos sirve realmente toda esa «sabiduría» obtenida tras largos años de estudio, dedicación y esfuerzo? No me cabe duda de que la cultura que hemos aprendido es útil -faltaría más-, pero no siempre nos hace ser mejores personas. No siempre nos coloca frente a situaciones de ventaja cuando se producen acontecimientos inesperados o dolorosos. Todos y cada uno de nosotros poseemos un coeficiente intelectual que en teoría marca nuestra inteligencia, pero… ¿cuál es nuestro coeficiente de sabiduría?

El ya mencionado maestro tibetano me contó una historia que a su vez había oído de labios de su mentor. El relato no es nuevo y estoy seguro de que los lectores aficionados a la lectura de textos místicos o iniciáticos habrán oído hablar de él, pero lo recojo porque creo que ilustra muy bien el camino que emprendemos en este capítulo.

El lama Ly Kaoptse me narró la vivencia de un hombre occidental acaudalado y dotado de una notable formación académica. Pese a vivir acomodado y sin problemas económicos, pese a disponer de numerosos bienes inmuebles que le otorgaban unas suculentas rentas y pese a contar en su haber con tres títulos universitarios, sentía un profundo vacío en su interior. Decía no entender el mundo, no comprender el sentido de su existencia ni tampoco del de los demás. Aquel hombre se preguntaba, pese a sus bienes y todo lo aprendido, por qué no podía llenar el vacío que sentía en su interior.

Un día, el mencionado caballero recibió la sugerencia de visitar a un místico. Le habían dicho que poseía grandes secretos y que había sido capaz de revelar maravillas a quienes habían acudido a consultarle. Cuando el occidental entró en contacto con él, sin saber cómo, sintió una gran paz hasta el punto de que aceptó gustoso su invitación de integrarse en el convento que tenía habilitado para retiros espirituales. Al preguntar por el coste de su estancia el místico le dijo que el precio sería el silencio. Debería permanecer un año en aquellas instalaciones sin pronunciar palabra.

El occidental aceptó y al cabo de un año se presentó ante el místico y le dijo: «Maestro, ¿puedes revelarme cómo llenar el gran vacío interior que siento?». El hombre santo se lo quedó mirando respondiéndole antes de despedirle: «Atención».

El caballero se retiró a su celda meditando sobre la palabra pronunciada por el místico. Se preguntaba qué le había querido decir, qué significaba la palabra «atención» y cómo debía utilizarla.

Unos días después, el occidental, habiendo acumulado tensión por no saber el significado de lo que le había dicho el anciano, fue a verle de nuevo. Cuando estuvo ante el hombre le dijo: «Querido maestro, recibí de ti la palabra “atención” como respuesta a la búsqueda de la plenitud interior pero ¿podrías ser más explícito?». El místico se lo quedó mirando y respondió: «Sí, por supuesto, la clave a tu pregunta es atención, atención y más atención».

El occidental se sintió defraudado. Creyó que el maestro le había estado engañando durante todo aquel largo año, de manera que, acalorado y furioso, giró sobre sus pasos para salir precipitadamente de la estancia. Al hacerlo tropezó con un escalón que marcaba uno de los desniveles de la sala, dando de bruces en el suelo. En este momento el místico comenzó a reír a carcajadas y el occidental, más furioso todavía, se levantó para censurarle. Fue entonces cuando el sabio le dijo:

«Hace un año viniste a mí buscando una respuesta a tus dudas. Durante todo este tiempo me has traído a diario un cuenco de arroz al mediodía y otro por la noche. Has entrado y salido cuatro veces al día de esta estancia, más de 1.200 en un año, ¿necesitabas enfadarte para ser consciente del escalón que hay en el suelo?

Si después de un año la atención que has puesto en tu vida no te ha permitido prevenir este accidente, vuelve a tu casa y replantéate qué esperas de este mundo, pues la clave para llenar el vacío interior que sientes está en prestar atención a todo lo que haces, todo lo que ves, todo lo que escuchas y todo lo que dices.

Cuando llegaste aquí mirabas sin ver, oías sin escuchar, hacías sin ejecutar. Tu vida se regía por procesos mecánicos y automáticos. Te limitabas a permitir que los días y las circunstancias transcurrieran una tras otra. Y hoy, que no has cambiado, te sigues sintiendo vacío porque durante tu existencia no ha habido un momento de atención real para las grandes ni las pequeñas cosas.

La atención no sólo pasa por mirar fuera de uno mismo. La atención implica saber quién eres en todo momento, quién deseas ser y, evidentemente, quién temes ser. Todo eso, amigo mío, no te lo darán ni el dinero, ni los bienes inmuebles ni tampoco los títulos universitarios que tienes colgados en las paredes. Eso sólo podrás obtenerlo el día que decidas prestarte atención».

Soy consciente de que la anterior metáfora parece compleja de aplicar durante todas las horas del día y durante todos los días de nuestra vida, pero sin ser conscientes de ello, lo hacemos desde que nacemos. La diferencia está en que muchas veces prestamos atención a lo banal o inútil, a lo que nos da resultados inmediatos, a lo que satisface a los demás y por supuesto también a nuestro ego.

En sí, lamentablemente, estamos más atentos a lo que nos despista que a lo que debería causar nuestra concentración. Y también a veces, sin ser conscientes de ello, practicamos el «ni lo sé ni me importa» que me refirió el monje Ly Kaoptse.

De nada sirve excusarse, pero desde pequeños no se nos forma para que alcancemos la sabiduría, sino para que seamos hombres y mujeres de pro. Para que formemos parte de una sociedad tecnificada y comercial en la que muchas veces los valores brillan por su ausencia. Sin embargo, nunca es tarde para aprender, siempre hay tiempo para detenerse a buscar la introspección y el autoconocimiento. Todo momento es bueno para analizar cómo somos y de qué manera reaccionamos frente a los avatares de la vida.

Durante muchísimos años, y de forma errónea, hemos relacionado de manera exclusiva la inteligencia con el llamado Coeficiente Intelectual o «CI», término que creó el psicólogo alemán William Stern en el año 1912 para valorar el potencial intelectual. Pero no fue hasta 1995 que de la mano de otro psicólogo, en este caso estadounidense, Daniel Goleman, se contempló la existencia de la denominada Inteligencia Emocional, lo más parecido a la sabiduría, que es la que realmente nos permite entender y aplicar los valores.

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua nos dice que la inteligencia es la capacidad que tenemos para entender lo que sucede, para resolver problemas y, por supuesto, incluye en el término todo lo relativo al conocimiento y la comprensión. Ahora bien, tristemente, ese tipo de inteligencia no siempre nos hace mejores, ni más sabios.

Mediante el «CI», la inteligencia del ser humano quedaba restringida a una escala de valores numéricos, a una estadística. A todos se nos medía con el mismo rasero sin tener en consideración la idiosincrasia del individuo.

Los test de inteligencia de aquel tiempo –aún vigentes- establecían que tras someterse a un examen de capacitación «lo normal» era obtener una puntuación de 100. Quien estaba por encima de dicho valor era considerado como inteligente, muy inteligente o incluso superdotado según el valor conseguido, y al revés, a menos puntuación, más lerdo se consideraba al individuo.

Daniel Goleman demostró que el «CI», por elevado que fuera, no siempre suponía mayores valores éticos, morales, sociales o de autoconocimiento. Al contrario, descubrió que muchas personas eran incapaces de resolver situaciones que no habían estudiado o practicado previamente.

La capacidad de resolver e incluso la de ser feliz no depende de la bibliografía y los datos que almacenemos en la memoria. No depende tanto del qué como de la forma, no depende de la experiencia sino del uso y utilidad que se dé a la misma.

La perspicacia no tiene por qué ser siempre sinónimo de desconfianza, también puede serlo de curiosidad. Las lágrimas no siempre evidencian una pena o una pérdida, también pueden derramarse por sentamientos de plenitud y gozo. Y toda esta capacidad demostrativa, ese dejar fluir emocional, esa actitud de aprendizaje permanente es la que conforma la inteligencia de nuestro corazón. La sabiduría del alma que es capaz de contemplar el todo por la parte y cuya mayor inversión es el amor y el tiempo de salud terrena.

Hace falta ser valiente para vivir conforme a nuestros propios dictados. La contaminación social es casi tan amplia como sutil, tan cotidiana que mediatiza prácticamente todas nuestras iniciativas. Lo correcto y lo que no lo es depende, en numerosas ocasiones, de una triste comparativa. La estadística nuevamente se equivoca al afirmar que la fuerza de muchos es la razón, y obvia la mediatización a la que esos muchos están sometidos. Intereses políticos, religiosos, sociales, ambientales… todos pesan a la hora de restar libertad no sólo a nuestras iniciativas, sino también a nuestras palabras. Inmersos en una especie de timidez emocional nos dejamos llevar por la marea de esos muchos olvidando los escuetos remansos de unos pocos, en una vorágine que nos impide hasta pensar.

Pero no nos engañemos, ser uno mismo también depende, y en demasía, de nuestra intención definitoria y de la resistencia que tengamos a una probable y circunstancial soledad.

22/02/2024