Entre la verdad y la mentira

Publicado: jueves, 18 de enero, 2007

No nos engañemos, en la alquimia y el hermetismo, como en cualquier otro colectivo de la sociedad, hay sus farsantes y truhanes. Personas que aprovechan la ignorancia del vulgo para atribuirse falsos poderes, para vender como buhoneros del antiguo oeste, elixires maravillosos para hacer crecer el pelo o que daban la eterna juventud. Muchos de estos caricaturescos personajes se valían de trucos de prestidigitación y seducción para embaucar a sus víctimas, claro que en muchas ocasiones toparon con reyes y poderosos nobles que les hicieron acabar con sus huesos en oscuras y lúgubres mazmorras, donde su carisma, encanto y engatusamiento no sirvió para nada. Indudablemente era un terrible riesgo ser un truhán de la alquimia, especialmente en una sociedad dónde los hermetistas tenían que andar con pies de plomo para no terminar encarcelados, ya que, especialmente la Iglesia de Occidente, tenía una especial predilección por extraer demonios del interior de los herejes practicando las más sanguinarias aperturas pulmonares, estomacales y cerebrales. Era evidente que si los hermetistas estaban dedicando su vida a la búsqueda de la piedra filosofal, los inquisidores preferían «hacerlos pasar por la piedra», en este caso sin ningún tipo de filosofías. Pero esos farsantes de la alquimia lograban en muchos casos colocar sus timos «de la estampita», ya que siempre encontraban algún príncipe codicioso, lo que lamentablemente producía un alejamiento de los principios de la Gran Obra. Muchos alquimistas, con el fin de poseer un laboratorio completo, eran capaces de acceder a las más increíbles peticiones de reyes y, a la vez venderles sus secretos o proyectos para alcanzar el poder. En realidad no hay mucha diferencia entre los químicos de hoy que están dispuestos a construir cualquier tipo arma bacteriológica a cambio de un lugar dónde experimentar y un salario que les permita vivir holgadamente.